Decir adiós
Pequeña reflexión sobre la pérdida.
El otro día perdí una bolsa en el metro. Me di cuenta dos paradas después y cuando volví, alguien ya se la había llevado. La bolsa contenía un par de bizcochos para acompañar el café que llevaba a modo de ofrenda hacia donde me dirigía, y mi proyecto de tejer: una chaqueta preciosa a la que le había dedicado muchísimas horas y todo mi cariño.
Pero volví y ya no estaba. Alguien se la había llevado.
¿Quién querría mi proyecto a medio tejer?
Por un momento viví en la negación y la imposibilidad de darme cuenta de que aquello que era mío, ya no lo era. Me aferré a la conexión que tenía con aquella bolsa de tela como si todavía estuviera conmigo y, si cerraba muy fuerte los ojos, me pudiera decir dónde estaba. Lloré. Sí, lloré. Le supliqué al cielo que, por favor, me la devolviera. Recorrí todas las estaciones esperando verla abandonada en una esquina, debajo de un banco o en una papelera. Sentí que me habían desgarrado algo desde muy dentro y me lo habían arrancado.
No volvió. La perdí. Le tuve que decir adiós.
Primero de todo, quiero decir que este escrito no pretende comparar ningún tipo de pérdida por inverosímil que sea. La pérdida, sea de lo que sea, es una pérdida. Y justamente esta reflexión es lo que me llevó a desarrollar y entender las emociones de aquella tarde eterna. No el valor del objeto, sino la emoción.
Soy consciente de que el valor del objeto es subjetivo, reemplazable y mínimo.
Tuve una sensación similar a cuando una vez me robaron la bicicleta. Dormía en la calle (la bici, no yo) y un día, sin avisar, ya no estaba. Mi bici me había abandonado. Se la habían llevado. Vivía otra realidad, en otro lugar. Otra persona la llevaba, se sentaba en ella, la dirigía. Y mi bici, sin voluntad propia, le seguía las órdenes.
Ya nunca la volví a ver, aunque desde entonces, 11 años después, todavía veo bicicletas como aquella y me pregunto dónde estará.
Aquella noche sentí lo mismo. Ya en casa, aceptando mi derrota algo incrédula, sentía el desconsuelo al imaginar, dónde estaría mi bolsa, donde estaría mi chaqueta, abandonada, tirada en el suelo, perdida entre la basura o en casa de un desconocido que nunca conocerá su verdadero valor.
Hay muchos tipos de pérdidas que vivimos constantemente, y nunca nos acostumbramos.
En la que más pensamos es la muerte de aquellos que queremos. Nos recuerda un final inevitable, nos despoja de construir nuevos recuerdos con esa persona, nos entristece perder a alguien; y, aunque sea durante un tiempo -y en algunos casos-, es una pérdida que nos anima a poner intención en no perdernos nada (más) mientras estemos vivos.
También existe la pérdida de la amistad cuando se distancia y deja de ser un lugar seguro. Esta es una pérdida lenta que se diluye y de la que no te das cuenta hasta que el color ha desaparecido.
Otra pérdida puede ser una etapa en la vida o una mudanza (la pérdida de un hogar), tan conectada con los sentidos y los recuerdos más recientes. Duele alejarse de un lugar donde has sido feliz.
También decir adiós a un compañero peludo, es una pérdida que solo se entiende cuando lo vives y, como con las personas, te deja un campo de miles de recuerdos huérfanos.
Una ruptura, la pérdida de una relación. Dejar de formar parte de algo con alguien. Dejar de dar y recibir amor.
Una maternidad no materializada o un sueño que sabes que ya no será. La pérdida de un sueño, algo que siempre pensaste que sería hasta que te das cuenta de que, en esta vida, es algo que ya no vas a vivir.
Todas las pérdidas son el inicio de un duelo, un proceso de decir adiós, aceptarlo y dejarlo ir.
Cuando todo esto pasó me sentí realmente desamparada, triste y desconsolada. ¿Todo eso por una bolsa y una chaqueta a medio tejer? No tenía sentido (puedes ver que soy muy consciente de la absurdidad de la magnitud del evento.)
Tal y como me acercaba a la última parada de la línea de metro, todavía esperando (visualizando) encontrarme la bolsa tirada en el suelo, fui aceptando que se había ido. Fui materializando el objeto (valga la redundancia), separándolo del sentimiento y aceptando que había desaparecido.
Pequeñas punzadas de tristeza todavía me contraían la garganta y los ojos. Todo por un jersey a medio hacer.
Y entonces lo entendí. Mi duelo no era por el objeto en sí. Por suerte lo puedo reemplazar fácilmente, comprar más ovillos y empezarlo de nuevo. Mi duelo era por la energía que había puesto en él, era por el tiempo y el cariño que le había dedicado y, es más, al cariño y la paz que había sentido de vuelta. La emoción de ver un trabajo hecho. La paz que me provoca el ejercicio. La ilusión de imaginarlo terminado. Mi duelo era por ese corte brusco de la energía que me conectaba con esa chaqueta.
Al final, el adiós duele cuando se corta el cordón umbilical de esa fuente de energía recíproca, sea una persona, un objeto, un lugar o una situación. Volcamos y recibimos algo que nos hace sentir bien. Y cuando ese algo desaparece, nos quedamos huérfanos por un momento, desamparados y tristes.
Hace poco una amiga perdió a un ser querido y me dijo “no sé dónde poner todo lo que siento”. Y eso es decir adiós, quedarte con una fuente de energía que sale de ti, buscando ese “objeto” (persona, lugar...) con el que se conecta; perdida, desamparada, descolocada, sin saber a dónde ir.
Han pasado ya cinco días y, por suerte, ese duelo ya ha pasado. El siguiente paso es volver a iniciar el proyecto y esta vez, corregir aquel punto que me había quedado un poco holgado y se veía un agujero demasiado grande.
Ahora solo me queda la rabia de no entender por qué el ser humano tiene la tendencia a coger lo que no es suyo.
Solo espero que se haya atragantado con los bizcochos y le haya sentado realmente mal.
Gracias por leerme en esta reflexión un tanto triste, sí. Quiero insistir en que con este escrito no pretendo comparar ningún tipo de pérdida, sino reflexionar sobre el sentimiento en sí.
Si estás en un proceso de duelo, sea por lo que sea, te abrazo muy fuerte. Eso que duele, y perdonadme por lo cursi, pero, al fin y al cabo, es ese amor que se ha quedado sin saber a dónde ir.



Emma, has puesto en palabras lo que he sentido unas cuantas veces cuando he perdido algún objeto. Me ha encantado esa reflexión acerca de la sensación de quedarnos perdidos por quedarnos con una energía que ya no sabemos dónde poner. ❤️
Gracias siempre por el regalo de tus palabras y por escribir tan bonito...